¿Qué es el ludismo y el neoludismo? Orígenes y diferencias

qué es el ludismo y el neoludismo

A los luditas se los recuerda mal. Uno escucha la palabra y se imagina a un tipo barbudo dándole golpes a una máquina con un palo, como un gorila al espejo. La caricatura es cómoda para quienes hoy nos venden cualquier novedad tecnológica como si fuera un favor que nos hacen. Pero los luditas no eran imbéciles. No le tenían miedo a las máquinas en abstracto. Eran obreros muy cualificados que hacían cuentas, y las cuentas les salían mal.

El ludismo fue un movimiento concreto, breve y muy específico. Inglaterra, entre 1811 y 1816. Tejedores e hilanderos textiles que veían cómo el telar mecánico no solo hacía su trabajo, sino que permitía contratar a peones sin formación, baratos, en condiciones miserables, por una fracción del jornal. La máquina no era el problema en sí: el problema era la combinación de máquina, despido y salario hundido. Cuando rompían un telar, no rompían el futuro. Rompían la herramienta concreta que un patrón concreto estaba usando para echarlos a la calle.

¿De dónde viene el nombre ‘ludita’?

El nombre del movimiento viene de Ned Ludd, un personaje seguramente inventado. La leyenda decía que hacia 1779 un joven aprendiz textil había roto dos telares mecánicos a martillazos después de una paliza de su maestro. Probablemente nunca existió. Daba igual. Las cartas anónimas a los fabricantes empezaron a firmarse «Rey Ludd» o «General Ludd», y en el imaginario obrero el personaje vivía en el bosque de Sherwood, como Robin Hood. Un mito útil. La firma de un fantasma protege mejor que la firma de un hombre.

La respuesta del Estado británico fue brutal: miles de soldados desplegados en las regiones textiles, y en 1812 una ley que castigaba con la pena de muerte la destrucción de maquinaria industrial. Decenas de ejecuciones, deportaciones a Australia, condenas largas. Para 1817 el ludismo estaba liquidado. La industrialización siguió su curso. Lo que quedó fue la palabra y un chiste injusto contra los que perdieron.

 

Frase sobre los luditas

Qué es el neoludismo: del telar al algoritmo

El neoludismo es otra cosa. Aparece a finales del siglo XX y se desparrama en el XXI. No tiene líderes, no convoca asambleas, no organiza nada: es una manera de mirar la tecnología que se contagia por libros, ensayos, columnas y, paradójicamente, vídeos en YouTube. El neoludita típico no rompe nada. Escribe. O cierra una cuenta en una red social. O le explica a su sobrina por qué no piensa instalarse otra aplicación de mensajería.

Comparados con sus antepasados de Nottingham, los neoluditas pelean en otro terreno. Los obreros de 1811 protestaban por su salario y su pan. Los críticos de hoy hablan de privacidad, de salud mental, de manipulación algorítmica, de qué les estamos haciendo a los niños con las pantallas.

Y de trabajo, también: cuando una IA generativa empieza a redactar dictámenes, hacer ilustraciones o traducir libros enteros, la conversación vuelve al telar. Vuelve a la pregunta de para qué sirve sustituir a un humano por una máquina si el resultado es un humano sin sueldo y un libro peor.

Lo curioso es a quién se llama hoy «ludita». En 2015, una fundación estadounidense entregó su Premio Ludita a Stephen Hawking y Elon Musk por advertir sobre los riesgos de la inteligencia artificial. Ni el físico que ayudó a entender los agujeros negros ni el dueño de SpaceX rompen máquinas, pero a alguien le pareció que pedir prudencia ya era reaccionario. Cuando «ludita» se convierte en insulto contra cualquiera que pida frenar, el insulto deja de describir a nadie real. Describe el reflejo del que insulta.

 

Ludismo vs. Neoludismo - Infografia

 

Qué tecnologías rechazan los neoluditas hoy

Si miro alrededor, las tecnologías que más recelo levantan son tres o cuatro. La inteligencia artificial generativa, sobre todo aplicada a oficios creativos. Los teléfonos inteligentes en manos de adolescentes, donde Jonathan Haidt lleva años publicando cifras de ansiedad y depresión desde 2012 que no admiten mucha discusión. Las redes sociales, esas que prometieron acercarnos y nos han dejado más solos y más enfadados.

La biotecnología cuando toca el cuerpo humano sin freno claro. Y, por debajo de todo, la vigilancia: algoritmos, redes 5G, reconocimiento facial, el negocio de saber dónde estás, qué compras y qué piensas.

No todas las objeciones tienen el mismo peso. Quienes rechazan los transgénicos por superstición me parecen un caso aparte de los que cuestionan que un niño de doce años duerma con el móvil bajo la almohada. Lo del crío con el móvil es sentido común con datos detrás. Si llamar ludita a quien defiende eso es lo que toca hoy, entonces ser ludita empieza a parecer un cumplido.

 

Tecnologías bajo sospecha - Infografia

 

Lo que me interesa de los luditas, los de antes y los de ahora, no es si tenían razón en cada caso. Casi nunca la tienen del todo. Lo que me interesa es que se atrevan a hacer la pregunta que casi todo el mundo calla: ¿esta tecnología, para qué? ¿A quién le sirve? ¿Qué se pierde con ella, además de lo que se gana?

Por eso, cuando me puse a pensar en serio en estas cosas, acabé escribiendo una novela.

Romper un telar a martillazos en 1812 te llevaba a la horca. Hoy basta con desinstalar una aplicación y pasar la tarde leyendo en papel. Si lo segundo te parece exagerado, puede que el problema nunca fueran los luditas.

 

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Roberto Augusto
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